Una de las preguntas que con mayor frecuencia me hace la gente al saludarme, es también una de las que más me irritan: “¿Todavía sigues escribiendo?”… antes de contestarla, por fuerza, debo respirar profundo y sonreír de manera indulgente “Sí, todavía. Es que ya no sé hacer otra cosa”, suelo decir a manera de broma, casi casi de disculpa: pareciera que la gente espera escuchar otra respuesta, como que me dedico a otra cosa de más provecho.
La verdad, me he rendido. Después de muchos años y tanta bilis derramada, he acabado por aceptar que no hay manera. No hay manera de hacerle entender al grueso de las personas que, efectivamente y contrario a todos los clichés habidos y por haber, la escritura además de una pasión imposible de abandonar, también es una profesión.
Cuando niña, por ahí cerca de los 9 años de edad –ya para entonces toda una lectora consumada… y consumida-, decidí que de grande iba a ser escritora. Andaba por la casa con una libreta profesional apuntando (e ilustrando) mis poemas hasta que mi madre, que desde un principio se tomó muy en serio mi determinación, me inscribió en un taller de poesía infantil, impartido por el laureado poeta y sesudo teórico literario José Reyes González Flores en el IMAC, que por aquellos tiempos se ubicaba en el viejo barrio de Analco. Ahí descubrí a Jaime Sabines, a Villaurrutia y a una parvada de chiquillos adictos a la poesía.
Reyes no nos trataba como retrasados mentales o de ese modo tan empalagoso como, equivocadamente, suelen hacerlo muchos talleristas culturales al trabajar con niños: nos exigía disciplina, nos daba teoría literaria –la misma que repasé hasta 5º semestre de la Licenciatura en Letras- y nos acercaba a los grandes de la poesía. De esa generación, si no me equivoco, yo fui la única a la que el veneno de las letras le penetró hasta lo más profundo y no pudo salvarse: fui la única que siguió escribiendo.
Luego de varios años en ese taller y otros en la Biblioteca Central, el Instituto de Cultura del Estado me hizo llegar una invitación para un taller mensual de narrativa a cargo del escritor Orlando Ortiz. Asistí.
El maestro Orlando era un señor de cabello blanco, barbita de chivo al estilo de Pepe Revueltas y voz sonriente, como de viejito. La concurrencia era variopinta: estábamos ahí desde la estudiante de tercero de secundaria incomprendida –yo- hasta las vacas sagradas de la literatura local, pasando por los aficionados y metiches característicos de esos cursos. Por supuesto yo era la más pequeña: después de mí, el más joven andaba rascando los treinta años de edad, pero no me importó. Por primera vez me sentí como pez en el agua y reafirmé mi pasión y mi propósito: la escritura.
De este curso se desprendió “El Apando”, un taller que comenzó liderado por “El Guarus”, alias Jesús Alvarado, por la necesidad de mayor frecuencia -era semanal- y de un escaparate en el pudiéramos exhibir nuestros trabajos y exponerlos a ojos extraños que lo criticaran y cuestionaran. En “El Apando” nos pasó de todo: editamos nuestro propio pasquín, hicimos múltiples lecturas públicas, agitamos las buenas conciencias, nos convertimos en la trinchera de una nueva e irreverente generación de escritores durangueños, publicamos una colección de poemarios –entre los que figura el primero del ahora multipremiado Miguel Ángel Ortiz, cuando todavía no era presidente de la Sociedad de Escritores ni se consideraba a sí mismo poeta-, nos acusaron de ventana clandestina, hubo pleitos, separaciones; para que finalmente, luego de 5 o 6 años, cada quien tomara su camino.
A esas alturas de mi vida ya hacía tiempo que la literatura llenaba por completo mi itinerario: junto con Jesús Marín –apoyados por el IMAC- había estado en dos ciclos de conferencias de “Los escritores en mi escuela” rolando por secundarias, preparatorias e instituciones de educación superior, compartiendo anécdotas, libros, historias y animando a la juventud a aproximarse las letras, a volcar su mundo en el papel sin freno ni miedos; daba lecturas y conferencias, publiqué algunos libros, fui titular de un taller ambulante de literatura infantil, obtuve algunos apoyos por parte del estado para escribir y gané uno que otro premio local.
Cuando en el 2004, después de haber abandonado la carrera de Psicología en la UJED, agarré mis maletas y me marché a Zacatecas para estudiar la Licenciatura en Letras en la UAZ, de inmediato me hice de enemigos gratuitos lo mismo entre mis compañeros que con el profesorado porque, al presentarme frente al grupo, se me ocurrió decir que era escritora. De entrada, el profesor de filosofía se burló de mi pretensión y los alumnos me tacharon de soberbia.
Mi afirmación provenía de un razonamiento muy simple: a diferencia de mis congéneres que, como yo, también escribían, yo ya tenía obras publicadas y, punto clave aún más importante, a mí me pagaban por escribir; por tanto, genial o mediocre, yo era una escritora profesional, ¿o no?
Pero la gente es así: no parece entender que el arte es también una profesión, un oficio en el que se trabajan jornadas laborales completas, que exige disciplina y que de ningún modo se desvirtúa ni contamina al recibir una remuneración económica a cambio, precisamente porque es un trabajo igual al de cualquier otro. Que uno tenga la fortuna de dedicarse a lo que más le gusta, pues ya es otro asunto, pero de que es trabajo, es trabajo.
Vuelvo entonces al punto de partida porque, después de todo, en realidad no deja de incomodarme esa pregunta: que si todavía escribo.
Cuando una persona se encuentra con un conocido cuya profesión es, por ejemplo, médico o profesor, le preguntan si ya jubiló, si ya dejó de trabajar, pero no si ya dejó de ser médico o profesor: no importa si dejan de laborar, no pueden dejar de lado lo que estudiaron, lo que saben y por tanto, lo que son.
Ser escritor, en cambio, a todos les parece simplemente un hobbie, una actividad para rellenar ratos de ocio o dejar libre la nostalgia, acicateados por la visita de las musas. Bien lo sabía Jorge Ibargüengoitia:
El número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar sílabas. Pero una novela, ¡en prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a una hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante (…) La prueba está en las composiciones que hacíamos en la escuela y las dedicatorias que poníamos el día de las madres. Eran geniales.
[1]Al escritor no se le toma en serio: le preguntan a uno a qué se dedica y en cuanto se dice que escritor, la gente inclina un poco la cabeza –en el mismo gesto que al mirar un animal exótico en el zoológico-, medio sonriente, medio curiosa, pregunta “¿Ah, sí?” y a esta expresión le sigue un abanico de posibles conversaciones entre las que destacan peticiones de cuentos improvisados, o que el interlocutor se ofrezca a contar historias de su familia como tema de novela o, peor aún, que le exijan a uno declamar alguno de sus poemas; para luego terminar preguntando de qué vive uno en realidad y recomendar buscarse un oficio menos informal.
Más vergonzoso todavía resulta que los mismos compañeros del gremio, tras algunos años de no verme, a pesar de saber mi trayectoria (que si no brillante, por lo menos demuestra tesón y constancia), se atrevan a preguntar que si todavía escribo. De ese cuestionamiento pueden inferirse sólo dos cosas: a) que ellos también consideran que la escritura es un pasatiempo que puede abandonarse a merced de otras actividades más importantes o, b) que sólo ellos, personas ya adultas y personajes consagrados de la fauna local, pueden llamarse bien a bien escritores.
También se da el caso de los que me han dicho que soy la única escritora que no escribe, porque no han vuelto a leer nada mío. Aquí habría que mencionar que yo considero que escribir y publicar son dos cosas muy distintas y que no hay necesidad de estar sacando a la luz cuanta línea produzca mi genial cabeza antes de depurar y considerar con honestidad si todos mis textos merecen ser leídos, pero bueno, ése es mi juicio personal… y siempre he preferido pecar de perfeccionista y dura en la crítica, especialmente cuando se refiere a lo mío.
Personalmente creo que, a diferencia de otras profesiones, el arte te escoge. Una vez presa, no se puede renunciar. Quizá renegar de él, sufrirlo, sofocarlo, pero jamás abandonarlo. Cuando por fortuna se cuenta con el apoyo para desarrollarse en una de sus áreas y se tiene la oportunidad de vivir de él, no hay nada mejor. Y por supuesto que me parece absurdo cada vez que me cuestionan acerca de mi modus vivendi: nada me gustaría más que las letras fueran tratadas con la dignidad que se merecen.
No obstante, me doy cuenta de que es poco lo que puedo hacer para sacar de la cabeza de mis tíos, de mis amigos, de mis vecinos, la imagen del poeta recostado en un diván, escuchando música clásica, fumando pipa y recitando al Quijote con una copa de vino tinto en mano, esperando a la musas.
Probablemente ni siquiera tengan sentido mis explicaciones y mis rabietas. Mejor guardar silencio y ponerse a escribir en serio.
[1] Jorge Ibargüengoitia, Ideas en venta, México, Editorial Joaquín Mortiz, 1997, p. 9.