martes 30 de junio de 2009

Grandes éxitos!!!

Domingo 5 de julio, 12 del día

Lobby del Teatro Ricardo Castro
Durango










Por fin los grandes éxitos poéticos de Atenea Cruz reunidos en la única antología revisada y autorizada por ella:



Diario de una mujer de ojos grises





No faltes... habrá botanas variadas

domingo 14 de junio de 2009

Un poema


Stalker


Él dijo: Deja de acosarme.

Yo le dije: OK, va,

pero quise decir:

no vuelvo a llamarte por teléfono

no vuelvo a visitarte en casa

no vuelvo a salir a la calle, de noche, para ver si te encuentro

o a buscarte en la escuela

o en línea

o en el mundo

no te vuelvo a besar de madrugada

ni a abrir las piernas para regresar al tiempo

en que me esperabas con flores en la terminal de autobuses

no vuelvo a poner tu sonrisa negra como cubrepantallas del hastío

no vuelvo a tomar tus manos para conciliar el sueño

no vuelvo a escribir en tu piel la siguiente mañana

no vuelvo a arrastrarte a la inmundicia de la infidelidad

no vuelvo a verte

como he visto a todos los hombres en mi vida:

esperanzadamente.


miércoles 10 de junio de 2009

Nostalgias


Nada como regresar al hogar -que nunca cambia- para darse cuenta de cuánto ha cambiado uno. Hace poco más de una semana, un sábado, fui invitada a la Biblioteca Central Estatal, en Durango, para una charla con un grupo de lectura de adolescentes. Fue una linda y curiosa experiencia regresar a mi segundo hogar de la infancia, repasar la sala infantil para revisar las fichas de préstamo externo y descubrir libros que, después de poco más de 10 años, sólo he leído yo... también me entristeció bastante ver cómo ese palacio sobre el único cerro de la ciudad (de ahí la poca afluencia de visitantes) decae junto con su aservo, cada vez más pobre. Pero, por otro lado, fue muy gratificante convivir con chavillos que se inician en el amor a la letra, que lo mismo me pedían recomendaciones literarias que preguntaban -con total honestidad- si hace falta ser borracho para ser buen escritor... no supe qué contestar más que a mí, por lo menos, no me ha funcionado. Luego algunos días de trabajo acelerado y una aún más acelerada partida a Zacatecas para inscribirme en la escuela. Ahí me invadió la nostalgia: quizá para Gardel 20 años no son nada, pero para mí 2 años son la diferencia entre una etapa de la vida y la siguiente -ciclos, según me explicó en buen Ángel-. Todo sigue igual, pero de algún modo avanza: es como el lenguaje, inalterable, pero siempre mutando. Acá todo es amor y abrazos, en pocos lugares me siento tan querida como aquí, la verdad. Me duelen las mejillas y la panza de tanto reir y sonreir. Acá las palabras fluyen, irreprimibles. Acá hay luna llena todos los días y los sábados regresan el tiempo 4, casi 5 largos años. Acá canto en la calle y me animo. Acá veo que falta tanto por descubrir. Acá estoy yo. Veo a los que se marchan hacia lo que imaginamos. Escucho el omnipresente silbido del tren. Agito la mano, no sé si en saludo o despedida. Y quiero ir, no tras ellos, sino a su lado, alcanzarnos para seguir caminando corriendo cayéndose sangrando cicatrizando bailando cojeando amando sonriendo. Zacatecas.

miércoles 3 de junio de 2009

Music & Me

Toda mi vida (siempre y cuando no haya nadie para observarlo) me ha gustado cantar y bailar. No soy la mejor bailarina, pero cuando el ritmo me empuja, me dejo llevar y lo disfruto hasta sudar de alegría… ahora, después de tantas cosas sucedidas y cuerdas rotas, también me atrevo al canto. Entono cualquier cosa que la garganta me pida: preclásicos (es decir, ópera, para los poco entendidos en esos tejes y manejes), cumbias, rock, pop, bossa, lo que escuche en la radio o las únicas tres canciones que yo misma he compuesto y no se me han olvidado a pesar del tiempo.
Estos días han sido de mucho trabajo. Apenas ayer martes me decidí a revisar mi correo electrónico, después de tres tardes de huelga deliberada debido a una jaqueca que no me dejaba ser ni estar. También hay que mencionar que por alguna extraña razón, me ha dado por desvelarme –cosa poco frecuente en mí, lo saben bien los que me conocen- y entre ojeras y pesadez en los ojos el cansancio se ha ido acumulando. Luego se asoman cancelaciones, hay presión en los tiempos, pero en general estoy feliz. Y eso me permite seguir cantando y bailando sola.
Hoy en la mañana, por ejemplo, no pude dejar de hacerlo y salí a la calle entre brinquitos y notas altas. De pronto me di cuenta, me dio pena y me reí un poco de mí misma. A mí los musicales no me gustaban para nada hasta que entre a la Licenciatura en Música, en la UAZ, hasta entonces les encontré sentido y les agarré el sabor. Hoy me preguntaba, entre risas, cómo sería la vida si se tratase de un musical. De seguro, me parece obvio, bastante ridícula, pero muchísimo más interesante y divertida, al menos al principio…
Siempre he caminado con un libro en mi bolsa. Un libro y música para escuchar. No concibo la vida sin música, de hecho constantemente me esmero en buscar el soundtrack perfecto para mi historia, del mismo modo en que, sin haberlo buscado, ciertas canciones me acercan a determinadas etapas de mi existencia.
A veces, cuando trato con personas sordas o cuando me di cuenta de que mi capacidad auditiva estaba disminuida considerablemente debido a la exposición constante de frecuencias altas (léase, mis audífonos de DJ… y sí, esta nota aclaratoria es mera presunción), pienso en lo horrible que debe ser la vida, no ya sin música, sino sin la bendición del sonido: el ladrido del perro que te prepara a correr para salvar la pierna, el agua corriendo por el grifo abierto, el viento a través los árboles o el finísimo chocar de un alfiler contra el piso y como sólo guiado por eso es posible encontrar lo que la vista ignora.
¿Qué sería la vida, mi vida, sin sonido?
Quizá sólo un vacío enorme y un presentimiento de que hay mucho más de lo evidente… como en el postulado ése del alma gemela…

miércoles 27 de mayo de 2009

Biografía actualizada


Atenea Cruz, Durango, Dgo. 1984. Narradora y poeta. Proviene de una sólida formación literaria gracias a diversos talleres con figuras como Carmen Alardín y Maria Luisa Puga en conjunción con la lectura de los cómics de la Pequeña Lulú.
A pesar de su juventud, cuenta ya en su haber con diversos premios memorables, entre los que destacan unas zapatillas para Barbie en una tómbola escolar, 20 pesos en la lotería instantánea, concursos de oratoria desde primaria hasta preparatoria, algunos premios literarios de poca monta y tres becas estatales para la creación artística.
Ha publicado dos plaquettes de poesía y dos libros de cuentos que han sido un éxito rotundo entre sus amigos y su mamá.
Reconociendo el impacto de su obra, el Instituto de Cultura del Estado de Durango está por publicarle una antología poética personal en una edición bastante bonita.
Cuando no falta a clases, estudia la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas.
También canta.

martes 26 de mayo de 2009

¿Usted también escribe?



Una de las preguntas que con mayor frecuencia me hace la gente al saludarme, es también una de las que más me irritan: “¿Todavía sigues escribiendo?”… antes de contestarla, por fuerza, debo respirar profundo y sonreír de manera indulgente “Sí, todavía. Es que ya no sé hacer otra cosa”, suelo decir a manera de broma, casi casi de disculpa: pareciera que la gente espera escuchar otra respuesta, como que me dedico a otra cosa de más provecho.
La verdad, me he rendido. Después de muchos años y tanta bilis derramada, he acabado por aceptar que no hay manera. No hay manera de hacerle entender al grueso de las personas que, efectivamente y contrario a todos los clichés habidos y por haber, la escritura además de una pasión imposible de abandonar, también es una profesión.
Cuando niña, por ahí cerca de los 9 años de edad –ya para entonces toda una lectora consumada… y consumida-, decidí que de grande iba a ser escritora. Andaba por la casa con una libreta profesional apuntando (e ilustrando) mis poemas hasta que mi madre, que desde un principio se tomó muy en serio mi determinación, me inscribió en un taller de poesía infantil, impartido por el laureado poeta y sesudo teórico literario José Reyes González Flores en el IMAC, que por aquellos tiempos se ubicaba en el viejo barrio de Analco. Ahí descubrí a Jaime Sabines, a Villaurrutia y a una parvada de chiquillos adictos a la poesía.
Reyes no nos trataba como retrasados mentales o de ese modo tan empalagoso como, equivocadamente, suelen hacerlo muchos talleristas culturales al trabajar con niños: nos exigía disciplina, nos daba teoría literaria –la misma que repasé hasta 5º semestre de la Licenciatura en Letras- y nos acercaba a los grandes de la poesía. De esa generación, si no me equivoco, yo fui la única a la que el veneno de las letras le penetró hasta lo más profundo y no pudo salvarse: fui la única que siguió escribiendo.
Luego de varios años en ese taller y otros en la Biblioteca Central, el Instituto de Cultura del Estado me hizo llegar una invitación para un taller mensual de narrativa a cargo del escritor Orlando Ortiz. Asistí.
El maestro Orlando era un señor de cabello blanco, barbita de chivo al estilo de Pepe Revueltas y voz sonriente, como de viejito. La concurrencia era variopinta: estábamos ahí desde la estudiante de tercero de secundaria incomprendida –yo- hasta las vacas sagradas de la literatura local, pasando por los aficionados y metiches característicos de esos cursos. Por supuesto yo era la más pequeña: después de mí, el más joven andaba rascando los treinta años de edad, pero no me importó. Por primera vez me sentí como pez en el agua y reafirmé mi pasión y mi propósito: la escritura.
De este curso se desprendió “El Apando”, un taller que comenzó liderado por “El Guarus”, alias Jesús Alvarado, por la necesidad de mayor frecuencia -era semanal- y de un escaparate en el pudiéramos exhibir nuestros trabajos y exponerlos a ojos extraños que lo criticaran y cuestionaran. En “El Apando” nos pasó de todo: editamos nuestro propio pasquín, hicimos múltiples lecturas públicas, agitamos las buenas conciencias, nos convertimos en la trinchera de una nueva e irreverente generación de escritores durangueños, publicamos una colección de poemarios –entre los que figura el primero del ahora multipremiado Miguel Ángel Ortiz, cuando todavía no era presidente de la Sociedad de Escritores ni se consideraba a sí mismo poeta-, nos acusaron de ventana clandestina, hubo pleitos, separaciones; para que finalmente, luego de 5 o 6 años, cada quien tomara su camino.
A esas alturas de mi vida ya hacía tiempo que la literatura llenaba por completo mi itinerario: junto con Jesús Marín –apoyados por el IMAC- había estado en dos ciclos de conferencias de “Los escritores en mi escuela” rolando por secundarias, preparatorias e instituciones de educación superior, compartiendo anécdotas, libros, historias y animando a la juventud a aproximarse las letras, a volcar su mundo en el papel sin freno ni miedos; daba lecturas y conferencias, publiqué algunos libros, fui titular de un taller ambulante de literatura infantil, obtuve algunos apoyos por parte del estado para escribir y gané uno que otro premio local.
Cuando en el 2004, después de haber abandonado la carrera de Psicología en la UJED, agarré mis maletas y me marché a Zacatecas para estudiar la Licenciatura en Letras en la UAZ, de inmediato me hice de enemigos gratuitos lo mismo entre mis compañeros que con el profesorado porque, al presentarme frente al grupo, se me ocurrió decir que era escritora. De entrada, el profesor de filosofía se burló de mi pretensión y los alumnos me tacharon de soberbia.
Mi afirmación provenía de un razonamiento muy simple: a diferencia de mis congéneres que, como yo, también escribían, yo ya tenía obras publicadas y, punto clave aún más importante, a mí me pagaban por escribir; por tanto, genial o mediocre, yo era una escritora profesional, ¿o no?
Pero la gente es así: no parece entender que el arte es también una profesión, un oficio en el que se trabajan jornadas laborales completas, que exige disciplina y que de ningún modo se desvirtúa ni contamina al recibir una remuneración económica a cambio, precisamente porque es un trabajo igual al de cualquier otro. Que uno tenga la fortuna de dedicarse a lo que más le gusta, pues ya es otro asunto, pero de que es trabajo, es trabajo.
Vuelvo entonces al punto de partida porque, después de todo, en realidad no deja de incomodarme esa pregunta: que si todavía escribo.
Cuando una persona se encuentra con un conocido cuya profesión es, por ejemplo, médico o profesor, le preguntan si ya jubiló, si ya dejó de trabajar, pero no si ya dejó de ser médico o profesor: no importa si dejan de laborar, no pueden dejar de lado lo que estudiaron, lo que saben y por tanto, lo que son.
Ser escritor, en cambio, a todos les parece simplemente un hobbie, una actividad para rellenar ratos de ocio o dejar libre la nostalgia, acicateados por la visita de las musas. Bien lo sabía Jorge Ibargüengoitia:

El número de personas que creen que podrían escribir una novela con las experiencias que han tenido en su vida, es tremendo. Un soneto es algo mucho más difícil, porque hay que aprender a rimar y a contar sílabas. Pero una novela, ¡en prosa!, es la cosa más fácil del mundo. Basta con sentarse frente a una hoja de papel y contar todo lo que nos ha pasado en nuestra vida, que es tan interesante (…) La prueba está en las composiciones que hacíamos en la escuela y las dedicatorias que poníamos el día de las madres. Eran geniales. [1]

Al escritor no se le toma en serio: le preguntan a uno a qué se dedica y en cuanto se dice que escritor, la gente inclina un poco la cabeza –en el mismo gesto que al mirar un animal exótico en el zoológico-, medio sonriente, medio curiosa, pregunta “¿Ah, sí?” y a esta expresión le sigue un abanico de posibles conversaciones entre las que destacan peticiones de cuentos improvisados, o que el interlocutor se ofrezca a contar historias de su familia como tema de novela o, peor aún, que le exijan a uno declamar alguno de sus poemas; para luego terminar preguntando de qué vive uno en realidad y recomendar buscarse un oficio menos informal.
Más vergonzoso todavía resulta que los mismos compañeros del gremio, tras algunos años de no verme, a pesar de saber mi trayectoria (que si no brillante, por lo menos demuestra tesón y constancia), se atrevan a preguntar que si todavía escribo. De ese cuestionamiento pueden inferirse sólo dos cosas: a) que ellos también consideran que la escritura es un pasatiempo que puede abandonarse a merced de otras actividades más importantes o, b) que sólo ellos, personas ya adultas y personajes consagrados de la fauna local, pueden llamarse bien a bien escritores.
También se da el caso de los que me han dicho que soy la única escritora que no escribe, porque no han vuelto a leer nada mío. Aquí habría que mencionar que yo considero que escribir y publicar son dos cosas muy distintas y que no hay necesidad de estar sacando a la luz cuanta línea produzca mi genial cabeza antes de depurar y considerar con honestidad si todos mis textos merecen ser leídos, pero bueno, ése es mi juicio personal… y siempre he preferido pecar de perfeccionista y dura en la crítica, especialmente cuando se refiere a lo mío.
Personalmente creo que, a diferencia de otras profesiones, el arte te escoge. Una vez presa, no se puede renunciar. Quizá renegar de él, sufrirlo, sofocarlo, pero jamás abandonarlo. Cuando por fortuna se cuenta con el apoyo para desarrollarse en una de sus áreas y se tiene la oportunidad de vivir de él, no hay nada mejor. Y por supuesto que me parece absurdo cada vez que me cuestionan acerca de mi modus vivendi: nada me gustaría más que las letras fueran tratadas con la dignidad que se merecen.
No obstante, me doy cuenta de que es poco lo que puedo hacer para sacar de la cabeza de mis tíos, de mis amigos, de mis vecinos, la imagen del poeta recostado en un diván, escuchando música clásica, fumando pipa y recitando al Quijote con una copa de vino tinto en mano, esperando a la musas.
Probablemente ni siquiera tengan sentido mis explicaciones y mis rabietas. Mejor guardar silencio y ponerse a escribir en serio.


[1] Jorge Ibargüengoitia, Ideas en venta, México, Editorial Joaquín Mortiz, 1997, p. 9.

domingo 24 de mayo de 2009

The Soundtrack of this part of my life

Sea of love – Cat Power
Fidelity – Regina Spektor
Won’t say anything – Hello! Seahorse
Anyone else but you – The Moldy Peaches
Samson – Regina Spektor
Azul – Natalia LaFourcade
A. M. 180 – Grandaddy
Time to pretend – MGMT
The go in the go for it – Grandaddy
Lullaby – Regina Spektor
Rosie’s lullaby – Norah Jones

Chiste privado...

¡Ay mi querida Frieda!
Qué tiradero me dejaste
la cama sin hacer.
No encuentro nada.
Me dejaste todo desacomodado:
no encuentro el sabor de las comidas
se me pierden los dedos entre las manos,
ah, qué empacho el mío
éste de sol a sol.

¿Qué diste de comer a mis ojos?
Buscan parvadas en cielos lejanos.

Qué gracia la tuya para seducir a mi oído.
¿En dónde, Fridita, dejaste tu olor

que ya no lo encuentro?

Por: Diego Suzanne Proné

sábado 23 de mayo de 2009

Mucho gusto

Son días felices. Me da gusto haber viajado tanto y pensar en la posibilidad de viajar aún más. Me da gusto estar en Durango, sentir de nuevo su calorcito discreto, tan diferente al de Mexicali –donde uno se siente como galleta a medio hornear-, tan gratificante después del frío gris del D.F. Me da gusto que entre más trabajo, más chamba me llega. Me da gusto sentirme sana, tranquila, completa. Me da gusto tener cada vez más personas a las cuales dar mi amor. Me da gusto sonreír con la mirada. Me da gusto saber y no saber, seguir aprendiendo. Me da gusto pensar en los libros que vienen, en las tantas páginas por escribir. Me da gusto este rayo que afortunadamente no cesa. En definitiva, son días felices.

lunes 18 de mayo de 2009

Host

Me quedaré un par de días en esta ciudad (D.F.), en el estudio de un -gracias en parte al destino y en parte a mi buena suerte- muy querido amigo ilustrador: un poco para ponernos de acuerdo sobre un proyecto que trabajaremos en conjunto y otro más por el puro placer de compartir un mismo tiempo y un mismo espacio.
El estudio de Gerardo es pequeño, ordenado y luminoso. En mi habitación hay una alfombra con cuya esquina invariablemente tropiezo; para poder alcanzar a verme aunque sea los ojos en el espejo del baño tengo que pararme de puntitas porque Gerardo es un hombre grande. Grande y con ojos adormilados -o, mejor dicho "con ojos de sueños", así, en plural-.
En el ambiente flota un ligero olor a cigarro que -lo confieso- siempre me ha parecido agradable en cosas y personas, siempre y cuando sea discreto, como es el caso de este lugar.
Me siento feliz aquí.
El estudio de Gerardo es un lugar lleno de amor: amor a la pintura, amor a la palabra, amor al arte en general y a la vida en particular. Es fácil percibirlo. Y bueno, no es de extrañarse: Gerardo es una persona amabilísima, serio y atento, pero con la sonrisa presta.
Es madrugada. Tengo sueño y no.
Sé que necesito dormir, pero el lápiz me insiste en seguir describiendo esta casa -cuyo confort y mudas de apariencia me recuerda tanto a la Casa del cambio, en la "Historia interminable", de Ende- , probablemente en una suerte de ejercicio de observación con miras a llevarla conmigo a donde vaya, de aquí en adelante.

Trippeando

Son las 12:55, ya es lunes y por fin estoy en una cama, dispuesta a descansar, luego de más de 36 horas despierta.
He llegado de nuevo al D. F. En el avión, pese a que no me haya tocado junto a la ventana, al íbamos por encima de las nubes, me di cuenta de que sí me gusta volar. Y mucho.
También reparé en el absurdo de que no haya una fila número 13 por aquello de las supersticiones. Recordé que olvidé pedir algún número de teléfono. Este año ha sido de muchos viajes: astrales, emocionales, de trabajo y de placer. Ojalá siga como va.

viernes 15 de mayo de 2009

Fórmula infalible

Ego + Micrófono + Mexicali = Tiempo de Literatura 09

jueves 14 de mayo de 2009

Tiempo de Literatura MXL 09 --- Siempre llega 2 hrs. antes al aeropuerto


Es jueves 14 de mayo y amanecí -por fin- en Mexicali.

Un día antes, es decir, el miércoles, llegué en un autobús con rumbo a D. F., donde tomaría el avión que me trajo hasta esta orilla, para un encuentro de escritores postergado desde hace un año por motivos cuestionables.

Una vez llegada a la gran capital, en contra de lo aconsejado por mi madre ("siempre llega 2 horas antes al aeropuerto"), discurrí ir a comer con dos buenos amigos. Me confié al tiempo, y como siempre, éste me falló: perdí el vuelo. Tuve que pagar una importante cantidad de dinero por el reajuste y permanecer casi 6 horas en la sala de espera.

Leí un libro de cuentos de Francisco Hinojosa y no me gustó, lo cual es triste ya que se trata de uno de mis autores favoritos. Luego la noche. Un avión grande, muy bonito -quizá nuevo, me atrevería a decir-. Recordé el miedo que me da volar, aunque por fortuna para mí, no hubo turbulencias. Me quedé pensando en la maravilla de poder estar a 10 000 metros del suelo, a más de 800 kilómetros de velocidad y cómo no se siente absolutamente nada.

Luego me sorprendio una media luna llena roja, casi al ras del suelo: Mexicali. Hacía viento y eran tres horas atrás de mi horario corriente. Pensé en hasta dónde tendría que viajar para regresar en el tiempo y arreglar algunos sucesos funestos de mi vida...

Mexicali es una ciudad joven, muy joven: apenas alrededor de 100 años de fundada, y se le nota. Sus calles y casas están construidas muy a lo gringo. Cómo casi no hay semáforos, la gente lo usa como referencia (algo que en Durango no podría hacerse porque hay uno cada dos pasos) y, por increíble que parezca- los automovilistas se detienen para cederle el paso a los peatones (introducir aquí música de "Dimensión desconocida" como fondo, por favor).

En la tarde haré una lectura de mi obra en la Casa de la Cultura de aquí... espero todo vaya bien. Mexicali es lindo, las anfitrionas también, pero lamentablamente ya me topé con uno o dos escritores demasiado cliché para mi gusto... no cabe duda de que no todo es Chihuahua, por desgracia.

Oí en las noticias que Coahuila es ahora el único estado que aún no ha sido atacado por el virus de la influenza: una razón más para querer estar ahí...

martes 12 de mayo de 2009

Y los sueños, sueños son...

Las pesadillas, desde que lo recuerdo, me son más familiares de lo que quisiera. Desde niña hasta a la fecha, tengo un sueño recurrente: alguien, algo –una temporada un lobo-coyote gigantesco- me persiguen para matarme. Corro, me escondo, trato de huir durante todo el sueño. Nunca me alcanza, pero la fatiga y el miedo me impiden descansar en paz –valga la figura-, por más horas que duerma. En cierto modo me he acostumbrado, aunque la angustia sea a un tiempo, siempre nueva y siempre la misma.
Sin embargo, esta semana otro resorte se ha aflojado en la maquinaria de mi cerebro y esta vez las pesadillas se han vuelto más negras: hace unos días soñé que huía con toda mi familia, ocultándonos de un tipo alto y con cierto aire de vaquero que pretendía cazarnos. Más adelante llegábamos a una especie de hacienda con un pozo grande, lleno hasta el tope de agua cristalina y oscura a la vez. Entonces, pese a mis advertencias y regaños, Alan –mi sobrino el mediano, de 5 años- se asomaba al brocal… y caía. Yo lo veía todo claramente, cerca y lejos a la vez. Corrí hasta él y lo tomé por el tobillo, medio ahogado él, muerta y media yo.
Hoy desperté asustada: llegaba a casa de mi hermano de visita. Mi mamá y mi cuñada me avisaban que Máximo –el mayor, de 7 años, mi favorito- había muerto. Me enojé, les eché en cara el mal gusto de su broma. Con una naturalidad casi desprovista de humanidad, me invitaban a pasar a la habitación a cerciorarme. En el piso, Máximo con la cabeza húmeda. Alan lo había empujado o había sido un accidente. Entonces yo veía que no estaba muerto, aunque sí tenía los huesos rotos y las piernas abiertas completamente dislocadas. Yo lo tomaba en brazos, con miedo a hacerle más daño. Quise llevarlo al hospital, nadie me seguía. Y luego la angustia de perderlo.
Por suerte sólo eran sueños. Si he de padecer tanto terror o muerte, por lo menos agradezco que todo siga en cabeza, donde no alcanza a nadie más que a mí. Pero igual toco madera. Y espero la noche en que pueda descansar de mí misma.

Odisea

Hasta hoy en la madrugada me di cuenta de cuánto detesto hacer maletas: nunca sé qué llevar, invariablemente olvido algo necesario, siempre lo dejo para último minuto, pierdo horas, distraía como soy y, por ello, en no pocas ocasiones he llegado demasiado tarde.
Sin embargo, es un mal necesario porque –por fortuna para mí- viajo bastante. Hoy martes por la noche, por cierto, parto hacia la ahora ciudad mítica y prohibida: DF y de ahí a Mexicali como invitada al encuentro de escritores “Tiempo de Literatura MXL 09”.
Son días muy cortos, muy ocupados… y yo aquí sentada escribiendo…